Martes 5 octubre 2010

MORIR  EN  LA  CRUZ

De la ciudad de Jerusalén a Jericó había un camino muy peligroso porque en él se escondían muchos ladrones y delincuentes que aprovechaban la noche para robar y asesinar.  Pensaban que nunca iban a pagar por el mal que hacían, pero sabían que si los detenían, tendrían que subir un día a la montaña del calvario para pagar por sus delitos, muriendo en una cruz.

Morir de esta manera era la venganza de la sociedad contra estos hombres perversos e incorregibles. La crucifixión era una muerte planeada, fría, cruel y terrible. El delincuente era clavado sobre el madero y luego la cruz era levantada. Lo cruel de este método es que nadie muere porque le perforen las manos y los pies, ya que no son puntos vitales para una muerte inmediata. La crucifixión era un castigo para que el hombre sufriese antes de morir. Durante todo este tiempo, estaba semidesnudo expuesto al sol del día, y al viento helado de la noche que castigaba su cuerpo como latigazos,   la sangre que manaba de sus heridas se coagulaba y las moscas eran atraídas a montones. La ley no permitía ningún tipo de ayuda para el condenado, por lo que la muerte debía producirse lenta y progresivamente.

Estos delincuentes son el típico ejemplo del ser humano, quemado por el sol de la conciencia que lo martiriza y atormenta día y noche, y azotado por el viento helado de los complejos y culpas del pasado, que lo castigan permanentemente. ¿A dónde podrán huir, dónde podrán esconderse de su pecado?  Duro, cruel, inhumano. . .

Pues así, de esta manera, murió Jesús, el hijo de Dios, el hombre perfecto, sin pecado, con una conciencia limpia y transparente, murió como el peor de los asesinos para reconciliar al hombre con Dios, justificar sus culpas y dar  a conocer  al  Padre  por  la  eternidad.

Junto a Él estaban dos ladrones; uno lo desafió diciendo: “Si eres el Hijo de Dios sálvate y sálvanos”. Típica actitud del hombre que le pide a Dios que le saque los clavos de su conciencia para poder seguir haciendo lo que le da la gana, no le importa y no le interesa arrepentirse o pedir perdón,  sólo aspira   bajarse  de la cruz para continuar asesinando y robando.

El otro no vio sólo a un hombre a su lado, vio más allá, vio la divinidad de Jesús y no sólo su humanidad. Quizás había escuchado a Jesús en alguna ocasión, aunque no le había hecho demasiado caso, pero en su situación, en ese momento extremo de su vida gritó: “Jesús, no te olvides de mí cuando vengas en tu reino.”

Jesús le contestó: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23: 42-43.

Jesús pasó por esta horrible muerte solamente por amor a nosotros y con el propósito de morar en nuestros corazones. Simplemente debes reconocerlo como el Señor de tu vida y como tu Salvador personal.

“Haz como el ladrón que no vio a Jesús como hombre sino como Dios, no pongas tu mirada en las cosas de este mundo, las que se pueden ver y tocar, sino en las espirituales, en las cosas de Dios, en la Eternidad”

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