MARTES 7 DE FEBRERO DE 2012
Nuestro Pan Diario
Esto es lo que decía: «Mejor que no sepa . . . cómo estás de disgustado porque se me pasó tu cumpleaños. Quiero decir, ¿cómo sabes que no tuve un grave accidente automovilístico y que estuve tirado en alguna zanja en medio de la nada? . . . Bueno, puede que haya olvidado tu cumpleaños, pero tampoco digamos que recibí alguna llamada telefónica para ver si yo estaba bien. ¡Todo lo que sé es que mejor será que tengas una buena excusa del por qué no supe de ti el día de tu cumpleaños!»
Es casi ridículo hasta dónde llegan las personas con tal de evitar su legítima responsabilidad, pero tampoco es nada nuevo. Cuando Dios confrontó a Adán por haber comido del fruto prohibido, él eligió echarle la culpa a su esposa y a Dios: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Génesis 3:12).
Cuando hemos hecho algo malo, podemos aceptar la legítima culpa por lo que hemos hecho o echársela a los demás. Lo que a Dios Le agrada y da como resultado el crecimiento espiritual es aceptar la responsabilidad personal por nuestras acciones. Echarle la culpa a los demás de manera irracional no es asunto de risa.





